viernes, 27 de enero de 2012


Un pequeño niño se admiró al ver una tortuga andando mismo
después de tener la cabeza cortada. Su padre le dijo: "La
tortuga está muerta, pero no sabe de eso". Podemos también
preguntarnos si, asimismo, algunos de nosotros somos así
tortugas. Sería bueno si, de vez en cuando, tomásemos
nuestra pulsación espiritual para saber si aún estamos
vivos.

Cuando Cristo entra en nuestros corazones, una alegría nos
invade y sentimos que nuestra vida es verdaderamente
abundante. Todo cuanto hacemos nos trae satisfacción,
percibimos la belleza de las cosas creadas por Dios, los
defectos de las personas parecen desaparecer, un cántico de
regocijo mueve nuestros días en cualesquiera circunstancias.
De una cosa tenemos plena certeza: ¡estamos vivos!

Pero, muchos de nosotros, a lo largo del tiempo y con el
aparecimiento de luchas y enfados, empezamos a enfriar. El
coloreado de las cosas va se apagando, el placer de servir
ya no es más marcante, la alabanza constante empieza a dar
lugar a quejas y murmuraciones, y ya no tenemos más certeza
de que estamos, realmente, vivos.

Todo nos disgusta, las situaciones nos acongojan, la sonrisa
de los amigos nos enoja, escondemonos de todos y de nosotros
mismos. Caminamos, como la tortuga, y ni nos damos cuenta de
que estamos muertos espiritualmente.

Pero, la tortuga andará solo algunos pasos y no vivirá más,
y nosotros, podemos dejar que, nuevamente, Jesus, el Cabeza
del cuerpo, vuelva a darnos la vida regozijante de antes.

Si usted si siente sin vida, deje la Vida hacer usted
revivir. Si usted siente falta de paz, de esperanza, de
fuerzas y de alegría, entregue su vida al único que puede
nos transformar y nos llenar de plena felicidad.

Esté vivo... ¡Jesus es Vida!

No hay comentarios:

Publicar un comentario