viernes, 27 de enero de 2012



sin recelo

Un hombre estaba caminando por la nieve honda cuando oyó la
voz de su hijo más viejo diciendo: "Voy a seguir el camino
del papá". Estaba intentando seguir las marcas dejadas por
el padre y sus dos hermanos más jóvenes hacían el mismo. El
padre fue para casa y, por la noche, buscó a Dios en
oración, reflexionando: "Si yo guío mis hijos aquí, quiero
guiarlos también para el Cielo."

¿Hasta que punto tenemos la conciencia que somos una
referencia para nuestros hijos? ¿Hemos estado listos para
ser una bendición en sus vidas? ¿Hemos intentado no
decepcionarlos, siendo motivo de vergüenza para nuestro
Señor Jesucristo?

Cuando actuamos con indiferencia a las cosas de Dios,
podremos lamentarnos en el porvenir de lo que nuestros hijos
aprenderán de nosotros. Cuando somos negligentes en la obra
del Señor, mostramos a nuestros hijos que pueden hacer el
mismo. Cuando mentimos y somos infieles, nuestros hijos
crecen sin el compromiso de una vida pura y verdadera. Y,
cuando acordemos y percibir qué nuestros queridos andan por
caminos malos, solo nos quedará llorar y reconocer que la
culpa es, casi toda, nuestra.

Si queremos ver nuestros hijos trillando siempre el camino
del bien, entonces, cuidemos para que aprendan eso a través
de nuestras actitudes. Si queremos que jamás se desvíen de
la verdad, no permitamos que nos vean engañando y mintiendo.
Si almejamos verlos exitosos, respetados, admirados por
todos, entonces nos fuguemos de la falsedad, de los caminos
tortuosos, de las tiniebla escondidas atrás de las trampas
coloreadas y brillantes de este mundo. Nuestra vida
victoriosa los inspirará a seguir caminos idénticos.

¿Usted se alegrará al saber qué sus hijos lo imitan?

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