La historia de Orfeo Y Eurídice
Publicado por Urania el 4/5/2009 (1040 lecturas)Cuentan las leyendas que en aquella época, cuando los dioses y los hombres convivían y seres fantásticos poblaban la tierra existió en Grecia un joven llamado Orfeo, dotado del don de la música su lira brotaban como si de magia se tratase las más embriagadoras melodías, sus melodías eran tan maravillosas que cuando las entonaba las fieras se acercaban mansamente a lamerle los pies, los dioses bajaban a escucharle y deleitarse de su música, las turbulentas aguas de los ríos se desviaban de su cauce para poder escuchar aquellos sones maravillosos y la muerte retrocedía ante el encanto de su melodiosa lira.
Orfeo era sin lugar a dudad un hombre maravilloso y como suele suceder con aquellos personajes que iluminan todo con su presencia admiradoras le sobraban a nuestro héroe, eran muchas las que soñaban con yacer junto a él y ser despertadas con una dulce melodía de su lira al amanecer, compartir su sabiduría viajar a su lado y saciar su curiosidad llenándose a su vez de vitalidad, pero sin embargo ninguna de estas dignas bellezas logró conquistar el corazón de Orfeo, hasta que esté en un paseo por el bosque cuando se encontraba en el centro del mismo comenzó a tocar su lira, tras un tiempo Orfeo descubrió entre las ramas de un lejano arbusto a una joven ninfa que, medio oculta, escuchaba embelesada. Orfeo se enamoró inmediatamente, dejó a un lado su lira y se acercó a contemplar a aquel ser cuya hermosura y discreción no eran igualadas por ningún otro.
"Hermosa ninfa de los bosques, si mi música es de tu agrado, abandona tu escondite y acércate a escuchar lo que mi humilde lira tiene que decirte".
Tras unos segundo de duda, la hermosa y tímida ninfa se acercó a él y reveló su nombre: Eurídice; acto seguido tomó asiento a su lado, embelesado por su belleza y timidez Orfeo compuso para ella la más hermosa canción de amor que se había oído nunca en aquellos bosques; y tras tocársela le confesó arrobado que las notas no alcanzaban a pintar su mirada, y que para él ya no había más música que la de su respiración, su música y sus palabras conquistaron a la bella Eurídice quien acepto casarse días más tarde con él en ese mismo bosque y bajo la bendición y autorización del mismo Zeus.
La pareja eternamente enamorada llenó sus días de dicha felicidad y amor, cumpliendo la promeza de amor eterno que se habían ehcho en aquel bosque el día de su boda vivian felices, Orfeo cantaba para ella y Erídice por su parte era la dulce y silenciosa inspiración de todas sus canciones, a pesar de que todo era felicidad en sus corazones Euídice hechaba de menos a sus amigas las driádes o ninfas del bosque y sin sospechar que la desgracía estaba a punto de cernirse sobre ellos Eurídice se citó en un bosque con sus amigas al que acudió una mañana maravillosa, camino al lugar de la reunión algo llamó la atención de la joven ninfa y acercandose a el lugar observó un hermoso ciervo que huía despavorido del dios cazador Aristeo, hijo de la náyade o ninfa fluvial Cirene y el dios Apolo.
Aristeo al verla quedo arrebatado por su beldad, y trató de robarle un furtivo beso de sus encarnados labios, aterrada la bella ninfa corrió sin descanso buscando escapar del obsesionado Aristeo que la seguía decidió a hacerla suya; corrió sin descanso en medio de una carrera extenuante y en el límite de sus fuerzas consiguió escapar de su predador, entonces que sin fuerzas cayó al suelo rendida y vencida por la fatiga; recuperaba energías para volver a lado de su amado marido cuando en esos instantes, una serpiente reptando por su pierna le inyectó de una mordedura su letal veneno; así fue como Eurídice murió apenas e unos meses de su matrimonio uniéndose al obscuro reino de Hades.
Y así fue como Orfeo subió a la barca de Caronte y atravesó las aguas que ningún ser vivo logró antes cruzar, para presentarse ante Hades dios de las profundidades infernales y ante su esposa Perséfone, la reina del Hades, acompañado de su lira, pronunció estas palabras:
"¡Oh, señor de las tinieblas! Heme aquí, en vuestros dominios, para suplicaros que resucitéis a mi esposa Eurídice y me permitáis llevarla conmigo. Yo os prometo que cuando nuestra vida termine, volveremos para siempre a este lugar".
La música y las palabras de Orfeo eran tan conmovedoras que consiguieron ablandar los corazones de Perséfone y Hades quien decidió conceder su petición al triste Orfeo, por supuesto con sus condicionantes, y fue así como Hades habló al músico:
"Joven Orfeo, hasta aquí habían llegado noticias de la excelencia de tu música; pero nunca hasta tu llegada se habían escuchado en este lugar sones tan turbadores como los que se desprenden de tu lira. Por eso, te concedo el don que solicitas, aunque con una condición".
Al escuchar estas palabras Orfeo conmovió y extasiado juró acatar todas las condiciones, decidió hacer cualquier cosa necesaria por recuperar a su amada juró solemnemente obedecer, entonces Hades señor de los infiernos dijo:
"Pues bien, tu adorada Eurídice seguirá tus pasos hasta que hayáis abandonado el reino de las tinieblas. Sólo entonces podrás mirarla. Si intentas verla antes de atravesar la laguna Estigia, la perderás para siempre".
A estas palabras Orfeo aseguró que lo haría tal como se lo indicaban, y agradeciendo emprendió su camino de regreso al reino de los vivos; encontrándose que el camino era peor a la vuelta, todo era penurias y sufrimiento, Eurídice seguía herida y débil, y las sombras se cernían sobre ellos amenazadoras, el frío se colaba en sus huesos, los tropiezos eran cada vez más frecuentes. A punto ya de llegar a la salida, cuando los primeros rayos de luz traspasaron las sombras, Eurídice dejó escapar un suspiro aliviada, y Orfeo olvidó la orden de Hades y miró hacia atrás por un instante para encontrarse a su amada desvaneciéndose entre brumas y nieblas imposibles de disipar, mientras Orfeo gritaba su nombre.
"Eurídice, Eurídice..."
En vano lloró y suplico Orfeo, intento descender de nuevo al infierno pero en esta ocasión Caronte no se dejó convencer, el desdichado músico espero durante siete días con sus siete noches en el margen del lago, resignado y dándose cuenta de que era demasiado tarde para enmendar su error, se marchó a errar por los desiertos, sin apenas probar bocado, acompañado sólo por su lira y su música; refugiado en el bosque componiendo las más tristes melodías en recuerdo de su amada hasta que llegó el día de su triste final, en que descuartizado su cuerpo su cabeza les llegó a las Musas a la costa de Lesbos, navegando por el río, según se dice, aún moviéndose sus labios llamando a Eurídice, y fue allí donde las musas la recogieron y le dieron sepultura.
Su música sin embargo siempre presente subió al cielo transformándose en la constelación que lleva por nombre la Lira, que contiene la estrella Vega, una de las más brillantes del firmamento, como brillantes eran los ojos de su amada Eurídice, de quien se dice sigue esperando a su amado Orfeo en el infierno acompañada siempre del recuerdo de su canto.
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