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LOS MELLIZOS.
Bobbie y Billie eran dos hermanos mellizos que vivían en
la hermosa
California, donde el Sol brilla durante todos los días
del año y los niños
pueden jugar al aire libre todo el día.
Era la tarde del primer día de clases, el día anterior
había sido el quinto
cumpleaños de los dos mellizos. Todas las noches la mamá
les permitía jugar
media hora, con sus juguetes, antes de que se fueran a
acostar.
Aquella tarde ellos estaban jugando a la escuela y
contando los cubitos de
madera que tienen dibujados animales y letras. ¿Los
conocen ustedes?
Pronto desde la cocina, donde estaba conversando con
Juana, la criada, la
mamá oyó a los niñitos que gritaban muy
excitados.
"Está bien", decía Billie.
"Está mal", decía Bobbie.
"Está bien",
"Está mal".
"¡Por el amor de Dios!" dijo la madre de los mellizos a
Juana, "¿oyes a los
niños?". Para averiguar porqué disputaban fué al comedor
donde estaban
jugando y los vió a ambos muy contrariados y a Billie
que tenía un cubito
pintado en cada mano.
-"Mamá", dijo Bobbie, "Billie dice que esos dos cubitos
son tres, pregúntele
no más".
-"Oiga mamá, este cubito es uno; ¿no es cierto?", le
dijo Billie alzando una de
sus manos.
-"Pero claro" le contestó la madre.
-"Y este otro cubito es dos, ¿no es verdad?".
-"Si, Billie, está bien" dijo la mamá.
-"Entonces", dijo Billie, "uno y dos son tres. ¿No es
así mamá?"
-"Pero si tú tienes solamente un cubito en cada mano
Billie", dijo la mamá: "y
uno más uno son dos; si tu tuvieras dos cubitos en una
mano y uno en la otra,
entonces tendrías tres".
-"Pero, mamá", argumentó Billie; ¿uno más dos no son
entonces tres?.
-"Bueno Billie, vamos a ver", replicó la mamá. "Supón
que tú le das un cubito
a Bobbie, otro a tu mamá y tú te quedas con el
tercero".
Entonces Billie le dió un cubito a Bobbie, otro a su
madre y, por cierto que no
le quedó ninguno para él, lo que le ocasionó una
verdadera sorpresa.
De esta manera aprendió a pensar por sí mismo y a usar
su mente. La mamá se
puso muy contenta porque este incidente le demostró que
sus mellizos habían
empezado a usar los ojos, los oídos y la mente, como lo
habían aprendido en
el colegio.
"Bueno, niños", dijo la mamá, "ahora que estamos otra
vez contentos, dejen
sus juguetes en orden y escuchen el cuento que les voy a
relatar esta tarde".
Porque la mamá todos los días les contaba cuentos acerca
de alguien que
había realizado una gran obra en beneficio del mundo. En
otras oportunidades
les había hablado sobre Bell; el hombre que inventó el
teléfono; acerca de
Edison que hizo tantas maravillas con la electricidad.
Aquella tarde les habló
de Henry Rord, que construyó tantos automóviles e hizo a
tanta gente feliz,
porque al bajar el precio del automóvil, podían comprar
uno para llegar al
trabajo más ligero en los días de semana y los Domingos,
después de las
Clases de la Escuela Dominical, sacar a la familia al
campo y mostrarle
preciosos paisajes.
Esta historia despertó en los mellizos el deseo de
crecer y convertirse en
hombres, para poder también hacer una labor útil en el
hermoso mundo de
Dios. Por eso la madre les dijo que para conseguirlo,
debiera gustarles mucho
ir a la escuela, porque allí podrían aprender muchas
cosas sumamente útiles.
También les dijo que no debían pelear, porque eso no
estaba bien. En vez de
enojarse cuando no estuvieran de acuerdo en algo, debían
pedirle a una
persona de más edad que decidiera el asunto. De este
modo llegarían a ser tan
hermanables como sabios.
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domingo, 5 de febrero de 2012
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