La reina del mar estalla sobre las rosas, profano tumbas, encuentro la habilidad de esqueleto en pánico, en mi vientre la piel del río grita sobre los ojos agrios de la noche
Está su cabellera tan delicadamente mezclada en el follaje de las horas, peces en el plumón del misterio, orfandad de la locura, ahora temblaré naciendo
Soledad de los gemidos, sol que navega resplandeciendo lluvia, líquido de magia interplanetaria, madera ciega, dulce manera de ser el sueño
Pertenecer a la llama que se desdobla sobre la cara, todos los restos fluyen de las máscaras, queda la miseria honda de la noche apagada por el mármol de no encontrarte nunca, todo frío, haberte encontrado es nada, simplemente no ha sucedido nada en el ruido desbordado por el vino del espejo.
He visto la hoja del desamor temblar sobre la ausencia del eco, en aquellos abismos que pulsan sutiles instrumentos apenados, insomnes vestigios de la estrella, como golpearse la espalda con el brazo muerto
Un grito a dentelladas, el miedo, la languidez huella sobre la cópula del verdugo
Afuera mi casa insepulta, por dentro de la piel, los ojos deshabitados de una nada que late, late, late, hasta perderse
acróbata del océano que no respiro, falanges salvajes, frutas vibrantes y en exterminio.
Hoy me alumbras volcán alborotado y a desluz
Me alumbras como fuego por dentro de los senos, como un pubis deshecho sobre las manos, como un pie destruído en la escalera, como una pintura vaga de formas indestructibles, el paisaje de la risa, los latidos de las mariposas breves.
Diosa del mar, se ha roto el espejo y no sangra, es reloj de arena, es el fondo dividido de los cuerpos, la luz sobre la cual sopló la histeria, y mira quien soy para pronunciar mi nombre.
El abismo de azúcar glorifica el lodo.
En esas irreconocibles sepulturas cruje el exilio tiránico de mi voz.
Vé y descúbrete para encenderme.
Laura Coronel

No hay comentarios:
Publicar un comentario